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En el castillo nunca tuvimos educación  sexual. La primera vez que el comandante del ejército, arremangado en uniforme de pruebacombate, nuestro profesor de ciencias naturales, dibujó en la pizarra con tiza un órgano sexual masculino, la clase estalló en risitas embarazosas. El órgano sexual femenino, sencillamente era un laberinto de líneas absurdas que no despertó interés alguno por lo complicado de su anatomía.

Las hormonas trabajaban por su cuenta y nuestro contacto con el mundo femenino estaba reducido a las ocho chicas de servicioy a Clarita. Pero sobre todas las realidades la imaginación era la reina en nuestras relaciones con ese mundo lejano y soñado de lo femenino.

Las chicas aparecieron en nuestra vida, el contacto físico con ellas, con los guateques, aquellos bailes que se celebraban en el salón de televisión los domingos por la tarde. La música de Adamo y su agárrate a mi cintura y las palmeras de Raphael nos acercaron a aquellas formas humanas desconocidas. Bailar con una chica era un acto místico. Lo hacíamos sin respirar, con el corazón desbocado por el contacto de la piel de las manos, de las mejillas con mucha suerte. Teníamos quince años y en aquella España, lo de bailar, arrimarse a las chicas era pecado mortal. Nosotros vivíamos en pecado mortal todos los domingos, y toda la semana pensando en el domingo.

Éramos la envidia de todos los escolares y nos convertimos con los años en dura competencia de aquellos vecinos cadetes de infantería.

Salíamos de paseo a Toledo los sábados y los domingos, una ciudad repleta de uniformes. Los seminaristas con sus sotanas, los cadetes de la academia de infantería, los chorchis arrastrando sus botas comiendo pipas de girasol y los del Castillo con nuestros uniformes y nuestros escudos de falange prendidos en el bolsillo de las americanas azules. Éramos lo más chic de todos aquellos uniformados.

Las chicas también tenían uniformes pero los días de fiesta se vestían de civiles, con sus faldas y sus primeros pantalones. Una excepción en la moda femenina de la época. Incluso mal vistos. Faldas y pantalones, esa era la división, la frontera, lo masculino y lo femenino. En nuestros primeros guateques acabábamos de estrenar los primeros pantalones de tergal largos, ya no éramos niños de pantalón corto y medias blancas. Pantalones largos y guateques, el no va más de la vida.

Buscábamos deambulando por Zocodover y la calle Ancha a chicas a las que invitar a nuestros guateques de los domingos. Excitante. Subían aquellas muchachas toledanas a nuestro castillo a bailar y beber sangría. Más excitante. Durante un par de horas la música sonaba entre los muros del castillo medieval, se negociaban las canciones para bailar lento, la intensidad de las luces. Pasábamos información los unos a los otros, esta se pega, esta mete el codo.

Bailábamos las piezas y nos separábamos unos de otras. Ramilletes de chicas y de chicos que se volvían a buscar en cuanto la música sonaba.

Se solicitaba el baile:

— ¿Quieres bailar? ¿Bailas?

foto22 Una aventura la pregunta, siempre se podía recibir un no, entonces ibas a buscar a  otra o te retirabas al ramillete masculino. Ellas eran minoría, muy solicitadas.

Los discos eran de una sola canción, no existían longplays. Todo era single. Los maravillosos roces con el textil de aquellas chicas nos hacían viajar con la imaginación en nuestras escuadras de ocho del dormitorio colectivo, cada noche.

Con el tiempo se fueron formando afinidades y las formas femeninas acabaron teniendo nombres, Mercedes, Kanki, Marisol, Moni, Marili, Marisa, la peluquera, la tonta el twist, la niña de pana….

Benditos guateques del Castillo. Una decisión revolucionaria, progresista y valiente la de aquél director de nuestro colegio en la triste y oscura ciudad de Toledo dominada por el cardenal primado de España Pla y Daniel que prohibió expresamente la apertura de discotecas y los bailes, penalizando el contacto entre las personas de distinto sexo.

Estamos en el año 2012 y es difícil explicar aquella situación entre los jóvenes de hoy.

Para muchos de nosotros, alumnos del San Servando, el año 1965, el primer guateque de nuestras vidas, significó la apertura al mundo desconocido y mágico de lo femenino de las chicas, de las mujeres, del que jamás hemos regresado.

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