En el castillo nunca tuvimos educación  sexual. La primera vez que el comandante del ejército, arremangado en uniforme de combate, nuestro profesor de ciencias naturales, dibujó en la pizarra con tiza un órgano sexual masculino, la clase estalló en risitas embarazosas. El órgano sexual femenino, sencillamente era un laberinto de líneas absurdas que no despertó interés

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